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Pablo Benito para DeSantaFe – La foto publicada por Cora Reutemann, hija de Carlos Alberto, llegó en el momento justo para reventar mi cabeza en pedazos, recogerlos y armar algo parecido a una idea con ese collage de sentidos sentimientos ante la muerte de otro y la propia existencia.  

Se ausenta, nuevamente, la idea de ceder, aflojar, soltar esas certidumbres tan agobiantes y esa necesidad de responder a la demanda externa de «pertenecer» a partir de reforzar la identidad con el rechazo al otro, al «enemigo». ¿Hasta qué punto puede la vida ser tan necia que no se detiene, en su absurdo, siquiera ante la muerte? 

La pregunta, que me nació de esa imagen de dos mujeres tomando la mano de su padre, es ¿En qué momento ¿Quién y cómo puede transformarse una relación de resentimiento entre personas en lo contrario?
Viene a mi senti-pensamiento el título de una bellísima película: «Alguien tiene que ceder», con Jack Nicholson, Diane Keaton, Keanu Reeves dirigida, con sensibilidad femenina, por Nancy Meyers. 
Se ausenta, nuevamente, la idea de ceder, aflojar, soltar esas certidumbres tan agobiantes y esa necesidad de responder a la demanda externa de «pertenecer» a partir de reforzar la identidad con el rechazo al otro, al «enemigo». ¿Hasta qué punto puede la vida ser tan necia que no se detiene, en su absurdo, siquiera ante la muerte?
Es un terreno escabroso, duro de caminar, la idea de muerte y vida, en estado de conciencia plena. 
En este año y medio de pandemia la noción y presencia de la muerte ilumina al saber ancestral con sus frases -usadas más a menudo- que se hicieron presentes despojándose de cursilerías; «Acompañar en el sentimiento», dar el «pésame», un «lo siento mucho» o hasta el «que en paz descanse» forma parte de una batería de lugares que, no por comunes, transmutan en oportunas. 

Imagen y dos palabras

La imagen publicada por Cora, fue precedida de un gran enojo hacia lo que su padre significa para el común y para el interés general. El cierre a ese ofuscamiento, tan emparentado con la impotencia de la propia biología y su ciclo que revela otra popular frase de «no somos nada» es un profundo movimiento que culmina siendo bello hasta en la tristeza más desbordante.  

No lo conocí, apenas lo “ví” 

Con apenas cuatro años acompañé a mis padres a filmar una entrevista a Lole en su casa de Guadalupe – Talcahuano al 7900, supe después cuando quise reconstruir la imagen. Sólo recuerdo a mi padre con una “no conclusión” del momento; “tenía miedo que tarde, porque estaba oscureciendo”. 
Si, fui testigo de su etapa deportiva y también de su momento «ciudadano común» en el que se lo podía cruzar, trotando, por la Costanera o por la «vuelta al lago», en el sur. 
Cómo político y por mi decisión personal de no hacer periodismo «mediatizado» de lo nacional, investigué sus acciones de gobierno que marcaron una década, «la del 90» y que, a mi entender, culminaron en 2003 luego de las inundaciones. 

Esa posición de ir, de cabeza a la información, me hizo testigo de la hipocresía de un sistema de hombres y mujeres que se prendieron del alerón del ex piloto y rodaron a una velocidad que, de por sí, nunca hubiesen alcanzado. En nada.

Esa posición de ir, de cabeza a la información, me hizo testigo de la hipocresía de un sistema de hombres y mujeres que se prendieron del alerón del ex piloto y rodaron a una velocidad que, de por sí, nunca hubiesen alcanzado. En nada.
La vergüenza ajena y la propia, por ser parte de una cultura en que la viveza es la deslealtad como forma de vida, es la que hace que nos cuestionemos el uso que le damos a este momento tan corto en que pasamos por el mundo y el mal negocio que resulta colocar afuera y en lo «general» las razones de las angustias propias.
Pido disculpas por no poder unirme ni al dolor ni a la absurda recriminación a quien se acaba ir. Sólo quería aportar esta sensación y esta noción, incluso, del pensamiento político, social o filosófico a partir del cual puedo convocar a encontrarnos en esa imagen donde podemos leer que todo es bastante más simple. 

La vergüenza ajena y la propia, por ser parte de una cultura en que la viveza es la deslealtad como forma de vida, es la que hace que nos cuestionemos el uso que le damos a este momento tan corto en que pasamos por el mundo y el mal negocio que resulta colocar afuera y en lo «general» las razones de las angustias propias.

«Solo amor» es un camino difícil de transitar, pero es el único que aclara mente, cuerpo y aleja el reproche como forma ególatra de pensar mejor de sí mismo a limpiándose en otros. 

Y nada más. 

 
 

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