Siempre hay un «Capusotto» para todo. En la imagen, la parodia de la «represión hippie al careta» y de cómo la estética se impone como «lucha» ante la falta de ética

Por Pablo Benito

 

«Para ser peronista lo único que hay que hacer es decirlo». Ramón Puerta

 

 

Pensar por sí mismo está «demodé». No tomar partido, por un partido, es una herejía que deberá ser reprimida, hasta el encasillamiento -variante light de encarcelamiento- por quienes se han incorporado a la política desde la necesidad de sentirse contenidos en alguna bandera que los arrope y, sobre todo, limite.

El «ismo» más fuerte y deliberado naciente en las últimas décadas es el kirchnerismo, cuya estética -síntesis de «esta ética»- canalizó y encausó aquella bronca, post 2001 y fue vaciando la horizontalidad del estado asambleario que propulsó una gran parte de la juventud protagonistas del «que se vayan todos».

Así, muchos jóvenes «ricos que tienen tristeza» abrazaron la causa nacional y popular. Se pintaron la cara con corcho quemado, como para un acto patria de la primaria, untaron su piel con perfume de choripán, aprendieron la marca de algún vino en tetrabrik y salieron a militar que la «Patria es el otro», obvio, por redes sociales y apelando a buzos sublimados con las caras permitidas.

 

El open mind de los hippies fashion encontraba, por fin, el cobijo exótico de ser «parte del pueblo», pero sin renunciar al seguro confort de su zona de influencia. 

 

Con progresistas así, sobran los conservadores

La duda, como ya lo dijo Aldo Rico, «es la jactancia de los intelectuales» y un militante no se puede permitir flaquear a la hora de «aguantar los trapos». La «no política» de dientes apretados y tujes fruncidos ha sido incorporada, como fanatismo, muy por fuera de la ideología -entendida como conjunto de ideas que caracterizan a una persona, escuela, colectividad, movimiento cultural, religioso, político, etc.- y se manifiesta con prolija y oficial rebeldía.

 

No es necesario definirse ni definir a un grupo. Mucho más simple es que esto ocurra en oposición a un «otro» que une sin siquiera recurrir al espanto.

Ese otro viene a ser «la derecha». Nadie sabe muy bien qué es, pero sirve, precisamente, para cuando no se sabe y apenas se «cree».

Acá lo importante es «no hacerle juego a la derecha». Traducido, es no poner en crisis las certidumbres del equipo que se autopercibe «popular».

El «enemigo» ha encontrado la palabra «populismo» para bajarle el precio a esta estética popular que prescinde, casualmente, del pueblo para conformarse. Los líderes de primera, segunda, tercera y hasta los adherentes -miembros de cuna de una clase media cultural y económica- practican el «pobrerismo» que exalta cierta virtud y belleza en la dignidad de una pobreza que, por supuesto, mejor que sea ajena.

Ser kirchnerista –o peronista, según la ocasión- es relativamente fácil y el parto se da, no con el primer llanto como en el nacimiento, sino con el estreno de la palabra «gorila» en la boca del solicitante. Con un «gorila» y a sola firma, será usted admitido en el movimiento. No importa que provenga de la izquierda trotskista, maoista o católica; viva en Puerto Madero, Amarras, Recoleta, Guadalupe Este o cualquier barrio cerrado; obtendrá el sello en la frente y desde ese momento, podrá usted empezar sus frases con un «nosotros los peronistas…».

 

«Gorila, no le hagas el juego a la derecha»

El apelativo «Gorilas» hace referencia a los golpistas que, finalmente, derrocaron a Juan Domingo Perón, sin antes dejar la Plaza de Mayo bañada en sangre en el terrible bombardeo criminal de los aviones de la Marina y la Fuerza Aérea, el 16 de junio de 1955 y se perfeccionó el 16 de septiembre de ese mismo año con el advenimiento de la Revolución Libertadora. El accidente, nominativo, refiere a un programa radial que parodiaba un éxito de Hollywood, el film «Mogambo» (con Clark Gable y Ava Gardner –influencers de la época-). La historia se desarrollaba en la selva. Ante el estruendo que percibían, a lo lejos, los protagonistas gritaban «deben ser los gorilas, deben ser».

 

Eran tiempos de violencia política y fuertes conflictos, incluso, en el seno del ejército, que fue donde se preparó el golpe de Estado contra el General Perón. Esos «gorilas» que acechaban, en la ficción, no eran más que asesinos que descargaron 14 toneladas de bombas sobre una plaza repleta de civiles que habían ido a sostener al presidente. Casi 400 muertos y miles de heridos fueron el saldo del accionar militar «gorila» que terminó derrocando a Perón. De todos modos, el término se utiliza alegremente como si fuese una ocurrencia de la retórica competitiva que descalifica como forma de diferenciarse «políticamente».

 

Hoy, «gorila», puede usarse contra cualquiera y en cualquier situación si cumple la función de reafirmar, en el adjetivador popular y folclórico, los mandamientos no escritos.

Se puede ser «gorila» por el simple hecho de permitirse la duda en cuanto a los «fenómenos populares» de masas y su brecha, nada inocente, entre «natural o estimulado» por el Poder que impone circo cuando ni pan dan.

 

Ser críticos con un millón de personas convocadas a Casa Rosada, para velar a Maradona. No comulgar con caravanas de leales, un 17 de octubre. Manifestarse contra la continuidad del espectáculo deportivo show y el cierre de escuelas, clubes y gimnasios. Todo eso es pasible de encuadrar bajo el tipo penal de «gorila».

 

Para lo demás está Macri, el macrismo, y Clarín. El «ismo» necesita de su contrario para existir.

 

La negación al Poder

El kirchnerismo, que es como un «peronista forte», tiene acción medicamentosa potente que ha calado hondo en el debate político. Así como Favio hizo decir a Gatica que «nunca me metí en política, siempre fui peronista», genera violencia y enojo -del bravo- el apuntar las contradicciones, ya no del «movimiento», sino de sus dirigentes.

 

«Yo no vi, yo no fui, yo no estaba»

Preguntarse por la adicción de los Kirchner por la guita, los millones y millones que necesitan poseer para estar seguros de su propia existencia, sin siquiera meternos en la procedencia del dinero, es una «infamia» imperdonable. ¿Cómo es que un líder popular se siente tan seducido por imitar la vida de aquellos a quienes denosta?

Inquirir por el delirio de grandeza de un mausoleo, sellar con nombre propio enormes obras públicas, nunca podrá ser visto como patología mesiánica

¿De verdad un mortal necesita, hoteles, dólares papel en una caja de seguridad, más de 40 propiedades arrendadas y campos para vivir siendo que se refleja, empatiza y «representa» a los más vulnerables?

Coincidamos en que Macri es «mucho peor». Quien suscribe, sí escribió sobre los desaguisados de esos cuatro años amarillos. No es tema de esta nota, pero saquémoslo del medio. ¿Podremos permitirnos dudar del propio presidente y su incoherencia de haber denunciado a su vicepresidenta por el asesinato de Nisman como responsable?

Es de «Gorila que hace el juego a la derecha» preguntarse por el principal aliado de Máximo Kirchner, Sergio Massa, quien hizo su campaña presidencial 2013 prometiendo «meterla presa a Cristina si era presidente» y gritando con determinación coacheada que «… voy a ser presidente porque me da asco la corrupción. Los voy a meter presos, yo no les tengo miedo» a la vez que denunciaba que «… están tomando el control del Estado. Están poniendo a Fulano, a Mengano. Yo voy a barrer a los ñoquis de La Cámpora que nos quieren dejar como parásitos en el Estado». ¿Es requisito la ezquizofrenia hipócrita para ser dirigente político y ser sapo sabroso de la gente?

¿Te convierte en macrista hablar de los bolsos de López, los Báez contando guita en una cueva, Cristóbal López y su C5N como el sueño de tener al propio Magneto en su equipo? Quizás sea de fascista mencionar el amor carnal del kirchnerismo con el grupo Clarín en el gobierno de Néstor ¿Te transforma en trosko descreer, en ese contexto, de la ley de medios propulsada por CFK y pretender leer entrelíneas el proyecto?

 

Sojeros

Sí, el transgénico del «yuyito» ¿Es o no la base del modelo económico consolidado en 12 años de kirchnerismo?

La limitante para la comprensión de la realidad y el debate respetuoso que algo edifique, no sólo es el impedimento de «hablar en serio» sobre las contradicciones lógicas de cualquier movimiento histórico. El daño colateral más lamentable, de esa necedad militante, es la incapacidad de relajar el músculo del humor para reírse de sí mismo. Exacerbar la importancia de conflictos, más vinculados a la mediocridad generalizada del saber político, que a la geopolítica o la ideología, nos privan de un agente creador de humildad que es ese humor político que aliviana la carga de tragedias que nunca son tales.

 

Hay de todes y para todes

Se trata de no pensar, para eso están insultos y ninguneos. Mejor no saber lo que el otro quiere decir y pasarlo por la picadora categorizadora de gorilones, kukas, choriplaneros, teresos humanos, feminazis, nazis, globoludo, cabeza de termo, peroncho, facho, trosko, piquetero, narcosocialista, o los más personalizados como yegua, domador de reposeras, etc.

No hay pandemia, ni tragedia global, que ponga algo así como un objeto común de la sociedad para asumir que estamos en las vísperas de momentos mucho más duros de los que hoy vivimos. Vuelven los rostros sonrientes en gigantografías a proponerse para representar en esta era del vacío.

 

Mientras, todo sigue y subestimamos el poder incuantificable de la negación, como van y vienen las piñas, inofensivas, sobre el cómo hablar -si en inclusivo, exclusivo o como se te entienda- la insustancial preocupación por el contenido habilita a la pereza intelectual.

 

Ya analizaremos a los demás equipos y sus verdades de paravalancha. Hoy toca «K» que, para más información, es la facción que gobierna. No la oposición a la oposición. No cabe, ya, la muletilla del «y vos que decías cuando…». Cansa, debilita. Agota.

No servirá de mucho lo dicho acá. El intento es inquirir y dirigirse a la individualidad del lector y no a la «masa» que tapa al pensamiento independiente.

 

¿Podemos hablar?

 

 

El open mind de los hippies fashion encontraba, por fin, el cobijo exótico de ser “parte del pueblo”, pero sin renunciar al seguro confort de su zona de influencia.

 

 

 

 

 

 
 

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